Cree uno que conoce el cine, las buenas películas, pero el cinéfilo está siempre lleno de agujeros, del cine no visto u olvidado. Cuando me encuentro con una película como “The commitments” me doy cuenta de lo especial que puede ser el cine cuando una serie de elementos coinciden: el guión interesante, original, fresco, la verosimilitud y el buen trabajo de los actores. Anoche me fui a la cama feliz, simplemente gracias a esta película, una pura delicia. Y luego siempre encuentras un tipo que sepa hacer bien las cosas. Los cineastas británicos suelen reunir esos elementos y saben jugar con ellos, muchísimas veces, de manera magistral. Me ha pasado recientemente con “Another year”, de Mike Leigh. Me vienen a la mente también películas de Stephen Frears, Jim Sheridan, Ken Loach o Mark Herman. Algunos de ellos, cuando salen de Inglaterra o Irlanda parecen no funcionar bien, como si algo fallara. En cuanto vuelven a jugar en casa, son imbatibles. Las películas de Alan Parker pueden ser mejores o peores, más frías, pero siempre registran humanidad, no son pretenciosas; en el caso de “The commitments”, una banda dublinesa que quieren ser salvadores de la música soul, una banda creada como una ficción, parece tan real como si te los encontraras en plena calle o en tu bareto habitual. Que grande es el cine cuando consigue eso.
Bitácora de Sergio Casado
lunes, 31 de octubre de 2011
jueves, 27 de octubre de 2011

“El doctor McKenzie tenía razón: “No pienses en la Roca, querida niña. La Roca es una pesadilla, y las pesadillas son cosa del pasado”.”
(de “Picnic en Hanging Rock”, Joan Lindsay)
miércoles, 26 de octubre de 2011
Quería anotar aquí una cita que tomé el otro día, pero al echarme mano en el bolsillo veo que no la llevo encima. Escucho un poco a mi alrededor. Una mujer entra en el bar con un carro de la compra y ofrece moscatel. No la entiendo muy bien. Se dirige a una pareja que está en la mesa de al lado y saca dos bolsas con uvas.
- Me quedan sólo dos kilos. ¡Gloria bendita! Hala, que te dejo ésta que parece más majica.
- Yo compro en el mercado.
- Pues mira, más tonta de comprar en el mercado, porque ésta es especial. ¿Te gusta ésta más doradita? Te la cambio, que ésta está más verducha... Ya verás, a las pruebas me “remeto”. ¡Adiós! …. … ¡El lunes “tol” día!
La mujer que vende uvas se va escopeteada golpeando la puerta con el carro. El resto de clientes sigue cada uno con su matraca particular. De fondo, trajín de periódicos, tazas de café y soniquete de televisión.
lunes, 24 de octubre de 2011

martes, 18 de octubre de 2011
El empeño de arrancar bien la semana, de luchar por lo que a uno le interesa, aunque la imagen de ese interés sea borrosa. Animar lunes y martes con un buen postre o una buena lectura, buscar una buena película, un buen diálogo o una buena cita, buscar algo con luz. No dejarse llevar por la rutina sin más, haciendo túneles o pasadizos que lleven a otras partes, a otros lugares. Un buen pasadizo a un café (quizá con pastel incluido), a un mañaneo, a un rato de lectura a escondidas, a unas chuletitas de ternasco o a una caminata que nos deje cansados, sedientos o hambrientos, al parque en la llegada del otoño, o al párrafo escondido en una historia de Zweig.
“¿Cómo había podido olvidar durante tantos años ese poema, esa velada en la que solos en la casa, confusos por ello, huyeron de la embarazosa conversación buscando un punto de encuentro más amable en los libros, donde, detrás de las palabras y de la melodía, de vez en cuando brilla el relámpago que nos permite reconocer un sentimiento íntimo, como la luz que atraviesa la ronda de arbustos, chispeante, intangible, y sin embargo llenándonos de una dicha inefable?”
(de “Viaje al pasado”, Stefan Zweig)
miércoles, 12 de octubre de 2011
La voluntad
Manuel siempre sube por la escalera. También Toni Alarcón o Roberto Sánchez. A veces otros habituales suben silenciosos o usan el ascensor en lugar de la escalera y me cazan desprevenido, como Fernando Asta o Ramón Perdiguer, que ayer vino a ver “Intruders” y me pilló leyendo “Picnic en Hanging Rock”. Otras veces su voz ya destaca antes de que empiecen a subir, desde la planta calle de Renoir. Echo de menos las visitas de Julián Ruiz, que me regaló un día una biografía de Baroja escrita por Arbó. A veces vienen Amparo Martínez, Agustín Sánchez Vidal o Emilio Gastón. Echo de menos la aparición de Joaquín Aranda o Alberto Sánchez. Son y fueron encuentros siempre breves. Es la condena o la maravilla de la fugacidad, según se mire. En estos días imagino que no es real, que cualquier día veré subir la escalera a Félix Romeo. Inquieto, vuelvo a recordarle y busco papeles por casa. Hojeo por un instante su libro amarillo. Aparece la crítica de un libro de Marsé y otro recorte, un retrato que hizo de Labordeta y su voluntad. Lo curioso es que parece que al hablar de la voluntad de Labordeta, hable también de la suya propia. Hay que mantener la voluntad, como sea.
“A Labordeta le gustaba recordar que su primera aparición como músico había sido en el viejo casino de Belchite: silbando la melodía de “Sólo ante el peligro”. Al terminar la actuación, un paisano se le acercó para decirle que no tenía ningún futuro y que sería mejor que se dedicara a otra cosa. Le gustaba recordarlo porque la historia tiene algo de película del Oeste, de “saloon” y pistoleros, pero también le gustaba porque explicaba cómo su vida se había forjado gracias a la voluntad: la única forma de hacer las cosas es haciéndolas, sin miedo, con riesgo, con alegría, con entusiasmo y dándole a la opinión de los demás la justa importancia.”
(de “Sólo ante el peligro”, Félix Romeo)
domingo, 9 de octubre de 2011
Una semana que arrancó con propósitos lectores que he cumplido. Poco más. Fríos otoñales del viernes cierzero que me destemplaron un tanto. Fin de semana extraño, ajeno a las fiestas pilaristas, que no me interesan un pimiento. Lecturas de notas y artículos sobre Romeo. Su presencia (lo escrito por él y por otros) y su ausencia. A propósito de la conexión que hice entre él y Pessoa, hallé, casualmente, entre mis papeles, el recorte de su crítica a los “Diarios” de Pessoa: “... es un libro para fans de Fernando Pessoa. Por eso me ha gustado: soy un fan de Fernando Pessoa”. Vuelvo a plegar el recorte. Al final todo acaba siendo un recorte plegado.
Nuestra fugacidad y el absurdo se combaten (sólo un poco) con lo escrito (a menudo plegado). Esta semana terminé “Parte de una historia”, de Aldecoa, la representación de una fugacidad hecha de realidad y ficción, imaginación. La isla Graciosa, en las Canarias, el naufragio, la imprudencia y la desaparición por esa imprudencia, el viaje real y el trasladado a la ficción. Un libro maravilloso y estimulante y arranque, espero, para conocer mejor lo escrito por Aldecoa.

(de “Parte de una historia”, Ignacio Aldecoa)
viernes, 7 de octubre de 2011


“Barcos que pasan en la noche, sin saludarse ni conocerse”.
(de “El libro del desasosiego”, Fernando Pessoa)
martes, 4 de octubre de 2011

Arranca la semana en la que intento poner orden. No creo que lo logre en gran medida. De momento, rematando libros poco a poco. Todo poco a poco, que no puede ser de otra manera. Se sigue alargando el buen tiempo, y hoy terminé “Cuentos de San Cayetano”, de José Antonio Labordeta. Parece mentira que haya pasado un año sin su luz, la más brillante que teníamos en esta tierra aragonesa. Sin él, ¿quién es el relevo, el referente? ¿Hacia dónde vamos? ¿Dónde mirar? Mientras no haya luz, mientras sigamos en el apagón de su pérdida, nos queda ir recuperando sus libros, sus canciones y aprender de él. Recuerdo apuntar, a raíz de la lectura de “Regular, gracias a Dios”, que Labordeta decía haber pasado de la clandestinidad al desasosiego de sus últimos años. Me ha hecho sonreír varias veces leyendo esos “Cuentos de San Cayetano”, de adolescentes y onanismo, de la gris Zaragoza franquista, del velatorio de un obispo, de sábados de cine, de amistad. Quiero recordarme a mí mismo no olvidar a Labordeta. Tenerle presente a cada momento, su manera de vivir, su dignidad.
“Y con el denso olor del incienso y el embrujo de los sombríos rincones de la iglesia donde reposan las cenizas de Don Juan de Lanuza, los compañeros entran con cara de compungidos y, sentados bajo el púlpito, el director espiritual del Central, un viejo cura de ilustres inopias, les acusa con el dedo índice y les dice:
- ¡Arrepentíos, impuros, impúdicos, viciosos! Un día una mano peluda – y hace un gesto hosco alargando el brazo y girando la mano- os sacará las entrañas si antes no os han salido por las narices los sesos exprimidos de tanto vicio.”
(de “Cuentos de San Cayetano”, José Antonio Labordeta)
domingo, 2 de octubre de 2011

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