Bitácora de Sergio Casado
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lunes, 3 de noviembre de 2014

El árbol


Es posible guardar un breve instante para resistirnos a la fugacidad. Recogemos una hoja de los árboles del otoño y la guardamos en un libro. Recogemos el libro en un armario y meses después nos lo encontramos. El libro, que encontré en ese rincón mágico de Zaragoza que es Libros del Rescate, es extremadamente placentero al tacto, en la cubierta de papel rojo con el título: "Jardín de la memoria". Al abrirlo los poemas nos invaden. Nos acercamos a uno, a otro, a uno enfrentado al otro en páginas consecutivas. El otoño amenaza y la intemperie puede ser total. Un país descompuesto, con la putrefacción de una sociedad enferma que ojalá despierte. Pero la buena compañía, el rincón acogedor, los afectos y los buenos libros nos ayudarán. José Antonio Labordeta es eterno, infinito en su Parque Grande, y dentro de ese parque, en su Jardín de la memoria.


"Permanece en silencio, solitario, 
en mitad de la plaza
como un pájaro olvidado
o quizás como una nube amaestrada
por vientos tramontanos.
No es ni sombra ni cobijo
de pájaros urbanos. No es, apenas,
el pudor de la tierra
izándose desde la tierra misma
hacia los cielos. Es, tan solo,
un árbol ciudadano
bajo de mi ventana, más próximo al cemento
que a las grandes praderas
donde están sus hermanos
asentados. Tiene la palidez
de un empleado de banco y la turbia
timidez de los abandonados. Tan sólo
cuando pierde las hojas
recuerdo que es un árbol y lo amo."
("El árbol", José Antonio Labordeta)

miércoles, 30 de julio de 2014

Lo minúsculo

El libro, la escritura, como viaje. La lectura de "Micromemoria", de Miguel Mena, hace unos meses, es un vuelo ligero que te lleva a contemplar lo minúsculo, lo muy pequeñito, a la síntesis del recuerdo, de lo vivido, real o ya puro sueño. Y surge de repente lo casual. Me encuentro una tarde a Mena junto a la plaza del Pilar y le comento ese microrecuerdo, el de un concierto de Franco Battiato en Zaragoza en 1986 en el que yo no estuve. Pero soy el puente a una grabación de alguien del pasado, que salva ese sonido, ese microsonido, ese puñado de canciones, que quedan en una cápsula, como un residuo, como un fósil de la música y la voz de Battiato, del joven locutor Mena. Como guiño a lo casual, a lo raro, a lo que nos sorprende, a lo escondido, le dejo una grabación en CD en Radio Zaragoza. Mena vuelve a Mena. Se reencuentra consigo mismo, con su voz.
A los pocos días me telefonea, me agradece la grabación, ese microsonido, esa micromemoria atrapada en la tela de araña y me dice que junto a otros compañeros, escuchándola, casi treinta años después, le decían que la voz era la misma, que no había cambiado. ¿Será que Mena es el mismo Mena? ¿Somos los mismos? No lo sé. Somos apenas esa micro, muy micromemoria.

"Recuerdo a Franco Battiato hablando en italiano con Sandro D´Angeli y yo en medio de ambos, en el centro de gravedad permanente, disfrutando de aquella conversación que sonaba a música cálida y envolvente."
(de "Micromemoria", Miguel Mena)

miércoles, 19 de marzo de 2014

Fantasmas

He pasado buena parte del invierno poseído por el trabajo para reunir los textos, poemas, cuentos, críticas, del desaparecido Manolo Marinero. Es un libro que existe, allá, en un estante misterioso, en alguna parte, un libro antología que quiere hacerse. Y publicarse. No es mi voluntad. Es la suya. La voluntad de ese libro que quiere ser. Está allá, en ese estante único, al que sólo yo podré o no podré acceder. Nadie lo leyó nunca. Hay polvo, herrumbre, pero quiere ser descubierto. Quiere que yo lo coja y lo abra, quiere la portada de Lizano, la reivindicación de lo desvanecido, el cine y la vida que fue, el sueño que puede ser por un instante recuperado, antes de volver a su estante, al olvido, al misterio.

Así, sin darme cuenta, entré en Marzo, pensando si debo seguir persiguiendo fantasmas, de todo tipo. Todo es un fantasma.



Y el cine es el resquicio de la buena gente, la rendija, el opio del agnóstico”
(Manolo Marinero)

domingo, 24 de noviembre de 2013

Nunca olvidaré un pase en el Pedro Cerbuna de la película "El sol del membrillo", de Víctor Erice. Antes de la proyección se nos hizo entrega de un pequeño librito que contenía un texto de Erice titulado "Cine y poesía". Aquel texto, precioso, que reflexionaba sobre el cine como revelación, quedó guardado entre mis libros, unido al recuerdo de aquella película, a la presencia del propio Erice, allí cerca. Y lo rescaté hace unas semanas porque mi amigo D. estaba interesado en leerlo. A raíz de aquello busqué otros textos de Erice, maravillándome con la sensibilidad en su escritura en pequeños ensayos o artículos dispersos. Y acabe leyendo por fin el guión de "La promesa de Shanghai", adaptación de Erice a un texto de Marsé, a la que el cineasta dedicó varios años de trabajo para acabar no pudiendo rodar la película. Otra de esas películas proscritas, que no consigue rodarse, o que no consigue ir más allá del trabajo en el guión, o que se hace pero apenas nadie la ve, o que se hace, se ve, pero pasa pronto al olvido. En realidad la mayoría de las películas, en su fugacidad, pasan pronto al olvido. A veces las olvidamos recién vistas. En otras ocasiones quedan como un buen o mal recuerdo, o quedan en aquella escena que nos inquieta, o quedan de cualquier otra manera. Erice se refería en aquel texto sobre la poesía y el cine a este último como revelación, al instante, el momento preciso en que vemos la película. Pura fugacidad. Todo pasa, y también el cine, que es la vida. Están hechos de la misma materia, que se destruye.
Afortunadamente, el guión de Erice se publicó, y lo encontré en la biblioteca del barrio. Una belleza, sin más. Leyéndolo tenía la sensación de estar ante una obra maestra. En momentos puntuales también sentí algún tipo de revelación, imaginando la película, las escenas. ¿Cómo hubieran resultado? Pero esta vez el cine adoptaba no la forma de imagen y sonido, sino la de la palabra escrita. Y tuve la sensación de que también era cine. Porque también tuve la sensación de la revelación, esa que se produce al cruzar el umbral del sueño.

CAPITÁN BLAY
Por allí se va al combate... y también a la dignidad.
/ Blay indica ahora el lado opuesto./
CAPITÁN BLAY
A este lado queda la vida regalada, el deshonor y la cobardía...”

(del guión cinematográfico “La promesa de Shanghai”, Víctor Erice)

domingo, 13 de octubre de 2013

Los muchos Romeos

Ya no puedo ver a Romeo subir por las escaleras de Renoir porque Romeo ya no existe y Renoir tampoco. Ahora estoy en el exilio de mi cine, de mis compañeros, de los clientes, de las películas, de mi silla en la que leía. Queda lo escrito, y por eso resulta formidable lo que Grasa y Puyó han conseguido, al crear, literalmente, una novela, o un diario de lo que fue Félix Romeo. Pasé ayer toda la tarde leyendo “Por qué escribo”, introducida por los dos editores, que con su prólogo te introducen en un libro para leer y releer, para subrayar, el libro en el que Romeo está más presente, de todos los suyos, pues contiene continuos destellos de los muchos Romeos. Está el Romeo de Zaragoza, puesto que el libro es también un libro sobre la ciudad, sobre lo que fue, lo que es, lo que pudo y lo que puede ser; está el Romeo de París o Madrid, de Aberdeen, de la trastienda de Antígona. Y hay otros muchos Romeos en el libro; es un libro para los que aman los libros y las librerías, para los que desearían que su ciudad sea mejor de lo que es, y especialmente para los que se ponen mano a la obra cada día intentándolo.

Me encontré textos que recordaba vagamente haber leído, quizá, muchas veces, junto a un café, cuando aparecieron. Grasa y Puyó logran el milagro de que lo que pocos o muchos habían leído, seguramente olvidado, quede ahora fijado en ese libro, que estará en librerías zaragozanas como Antígona, Cálamo o Los Portadores de Sueños, que estará en la biblioteca de Aragón (si mantienen fondos para comprar libros), que estará en mi casa o en otras casas, que permite crear una cronología de vida, un dietario de vida, reflexionar sobre una manera de vivir, uno mismo, y dentro de la ciudad que a uno le acoge. Más allá de eso, puede abrirse por cualquier página, leerse un párrafo, subrayar aquí o allá. Leyéndolo uno puede entristecerse por lo desaparecido, por los lugares y las personas como Labordeta o Algora o el propio Romeo, o disfrutar lo que todavía existe, de los libros, de Orwell o Satrapi, de Pessoa o el propio Romeo, de los restaurantes o cafés, de la Gran Vía madrileña, del Bacharach o el Dumbo de Zaragoza, del pequeño infinito que aparece recogido en “Por qué escribo”.


La literatura es una locura, quiero decir que es una forma de estar en el mundo diferente, y lo diferente está cerca de la literatura”.
(de “Se quiere otra vida” - “Por qué escribo”, Félix Romeo)












sábado, 12 de octubre de 2013

Frío del otoño

Días de fiestas y momentos fugaces. Joaquín Carbonell y Eduardo Paz en la plaza del Justicia, la otra noche, y el frío que aparece de repente. El paseo junto al río, la noria pilaresca, la tarde que rápidamente se va y se convierte en noche, el concierto de Sinéad O´Connor que ya fue. Mi viejo amigo Jorge, su caída de la bicicleta y el momento en el que me lo cuenta. Una mala película. Ese rato con los amigos y compañeros, refugio, refugios, y mis búsquedas de versos o poemas, para esta bitácora, para que me acompañen. Y mientras el frío del otoño que va en aumento.


... Domina el frío, denso, que hastía,
Colándose como un remordimiento,
Y que incluso llega donde los muertos, ...”
(de “Sub urbe”, Paul Verlaine)



domingo, 11 de agosto de 2013

Se está yendo y se irá del todo el verano. Otro más. La memoria que se va, el tiempo, esta tarde, los veranos olvidados. Las tardes largas. Este verano se quiere ir pero aún dura mientras escribo esto. Fugaz. Un instante. Se va. Se irá. Se está yendo. ¿Qué recuperaré de él? ¿Quedará algo? Unas líneas de lectura en un libro que cojo por un rato, pero que volverá a su estantería, para quedar cerrado, ¿por cuánto tiempo? El constante tiempo perdido. Mientras, ocupo mi mente en un constante vagabundeo para intentar escapar de los fantasmas.

En Santander no hallé el chalé de las vacaciones de antaño. La ladera de la colina que sube desde las playas del Sardinero hasta el hotel Real estaba parcelada. Allí donde en mi época, en la época de mi infancia, no había más que cuatro o cinco chalés, se alzaban varias decenas. En medio de todas aquellas novedades, no logré dar con el emplazamiento del antiguo chalé.
A lo largo de los años, fracasé una y otra vez en mi búsqueda de la casa perdida de Santander. Sabía perfectamente en que zona de la lujosa urbanización tenía que hallarse, pero no acertaba a descubrir la vía de acceso”.

(de “Adiós, luz de veranos”, Jorge Semprún)

viernes, 9 de noviembre de 2012


Búsqueda de textos, de líneas, de ese párrafo escondido. Hay que revolver y revolver paja para buscar ese grano que puede andar donde menos lo esperas. Escuchar buena música. Intentar apartarse de la obsesión económica general, esa que hace que en estos días la gente se tire por la ventana y parezca que no pasa nada. Es una sociedad muy enferma. Todos los estamos. Es como una gran gripe general por culpa del dinero. Hay que arroparse con libros. Muchos libros. La educación, la mejor educación posible, la formación de uno mismo, la lectura permanente, el estudio de idiomas, la lucha permanente por la dignidad, por ser independiente, no otro borreguito.


La vieja mano/ sigue trazando versos/ para el olvido”
(de “Diecisiete Haiku”, Jorge Luis Borges)


viernes, 19 de octubre de 2012


La crisis de cada uno de nosotros, de lo que nos rodea, del derrumbe, nos afecta de muchas maneras. El cuestionamiento de una manera de vivir está ahí, pero parece no calar. Sigo con Auster, con “Sunset Park”, llave secreta a los escondidos, perdedores a los que no se quiere ver. Los inadaptados y el afecto con que Auster los retrata, la flema con la que aguantan la riada. La matraca de Auster es a veces cansina, pero otras veces brilla. En “Sunset Park” hay ambas cosas. Hay que buscarle y buscarle en las páginas de sus libros.


... Sunset Park, ese chamizo destartalado acabará demolido y borrado de la memoria, y lo que estás viviendo ahora se perderá en el olvido, ...”
(De “Sunset Park”, Paul Auster)

viernes, 13 de julio de 2012


Han pasado 62 días, si no cuento mal, desde que se acabó esa rutina que habían sido los últimos diez años para mí. Rutina la mayor parte del tiempo agradable y agradecida. Pero ya pasó y ahora voy como un pato mareado, de aquí allá, tren va y tren viene. La extraña necesidad de no quedarme quieto, como si eso fuera peligroso. No sé si estoy en lo cierto, pero en eso sigo. Y sólo paro un rato, en este mareo, para leer o escribir un rato, para recoger uno de los libros pendientes o imaginar que soy capaz de escribir algo nuevo que sea convincente para mí. Vuelvo hoy de un viaje de un día a Barcelona, paseo gótico y de Barrio Chino, con J. , con una caminata constante y fugaz que me lleva a A. y M, al barrio de Gracia, al instante de una copa que saboreas e intentas mantener en el tiempo. Pero ya pasó, ya volví, ya estoy otra vez con mis libros y mi bitácora, con mi confusión, con mi incertidumbre.

- ¡Qué raro es todo, eh! ¿Verdad que todo es rarísimo?”
(de “La hermandad de la buena suerte”, Fernando Savater)

jueves, 12 de abril de 2012

Catarro para después de Semana Santa. Entre lluvias y tiempo plomizo hojeo un recorte que me pasó D, con una foto de Baroja en el Retiro, en 1950. Es de Nicolas Muller, un fotógrafo al que investigo y del que encuentro pequeñas maravillas en internet. Muller es ya otro fantasma. Baroja parece en esa foto un fantasma aparecido, de otro tiempo, fugaz, irreal, como salido de la niebla o del misterio, por un instante. Somos fantasmas, decía Gonzalo Suarez, y aquí quedará nuestro fantasma. Todo es un fantasma que viene y va, el párrafo escrito que te comunica algo especial, la obra ante la que pasas en un museo, la canción que suena y se evapora, ese libro que regalas y va a otra parte, como esas líneas de Baroja que ahora transcribo.

Vivían como hundidos en las sombras de un sueño profundo, sin formarse idea clara de su vida, sin aspiraciones ni planes, ni proyectos, ni nada”.
(de “La busca”, Pío Baroja)

martes, 27 de marzo de 2012

Tardes primaverales, deliciosas, para pasear y recuperarse de la matraca de crisis, cenizos y otros especímenes que cada día truenan en radios, periódicos y televisiones. Buenas excusas son la exposición del Paraninfo de Zaragoza, con esa biblioteca en la que uno puede imaginar a los antiguos estudiantes, ahora ancianos o desaparecidos. Incunables, ilustraciones de hace siglos. Y allí cerca, una feria del libro antiguo en la que paseando encuentro un Baroja que merece la pena repescar: “Susana”. Está un poco caro pero me animo a comprarlo. El puro azar lo trae a mis manos; es una edición de Caro Raggio. Escrito con pluma o bolígrafo: Amelia. Madrid. Fin de agosto, 1976. (Miessner). Dentro lleva una marcapáginas de cartón que indica que Miessner era la librería donde lo compró, recién editado. De Miessner a Amelia y de ella a mis manos. Es una novela que había leído pero ya olvidado, escrita por un Baroja envejecido y derrotado en su exilio parisino tras el estallido de la guerra civil. Ahí esta la pérdida de la juventud, las personas que pasan fugazmente por la vida (aunque no nos lo parezca) y la imposibilidad de hacer de la vida algo seguro y armado. No es segura, no está armada y un fuerte huracán inesperado la puede derribar. Entre London, Pessoa o Baroja ando estos días, para sortear la incertidumbre cotidiana.

Ahora veía que mis intentos de dar seguridad a la existencia habían salido fallidos. No había seguridad contra el destino y contra lo determinado por las contingencias del azar. Se temían las moscas, y el peligro llegaba en un automóvil; se pensaba en la miseria, y se veía uno enfermo del tifus. No había manera de prever nada. Lo mejor era entregarse a los acontecimientos, no tomar precaución alguna”.
(de “Susana”, Pío Baroja)

domingo, 26 de febrero de 2012

Es un poco como si uno no supiera vivir. Como si cada día, con casi cuarenta años, haya que seguir aprendiendo. O desaprendiendo a vivir como a uno le dicen. La murga de los días, de Febrero. Espejismos que aparecen, van y vienen, el tic tac del reloj y la modorra que hay que sacudirse a costa de lo que sea. Leo un rato fragmentos de Pessoa en PDF, abro la ventana un rato para ventilar.

Continuamente siento que he sido otro, que he sentido otro, que he pensado otro. Aquello a lo que asisto es un espectáculo con otro escenario. Y aquello a lo que asisto soy yo”.
(De “El libro del desasosiego”, Fernando Pessoa)

miércoles, 12 de octubre de 2011

La voluntad

Manuel siempre sube por la escalera. También Toni Alarcón o Roberto Sánchez. A veces otros habituales suben silenciosos o usan el ascensor en lugar de la escalera y me cazan desprevenido, como Fernando Asta o Ramón Perdiguer, que ayer vino a ver “Intruders” y me pilló leyendo “Picnic en Hanging Rock”. Otras veces su voz ya destaca antes de que empiecen a subir, desde la planta calle de Renoir. Echo de menos las visitas de Julián Ruiz, que me regaló un día una biografía de Baroja escrita por Arbó. A veces vienen Amparo Martínez, Agustín Sánchez Vidal o Emilio Gastón. Echo de menos la aparición de Joaquín Aranda o Alberto Sánchez. Son y fueron encuentros siempre breves. Es la condena o la maravilla de la fugacidad, según se mire. En estos días imagino que no es real, que cualquier día veré subir la escalera a Félix Romeo. Inquieto, vuelvo a recordarle y busco papeles por casa. Hojeo por un instante su libro amarillo. Aparece la crítica de un libro de Marsé y otro recorte, un retrato que hizo de Labordeta y su voluntad. Lo curioso es que parece que al hablar de la voluntad de Labordeta, hable también de la suya propia. Hay que mantener la voluntad, como sea.


A Labordeta le gustaba recordar que su primera aparición como músico había sido en el viejo casino de Belchite: silbando la melodía de “Sólo ante el peligro”. Al terminar la actuación, un paisano se le acercó para decirle que no tenía ningún futuro y que sería mejor que se dedicara a otra cosa. Le gustaba recordarlo porque la historia tiene algo de película del Oeste, de “saloon” y pistoleros, pero también le gustaba porque explicaba cómo su vida se había forjado gracias a la voluntad: la única forma de hacer las cosas es haciéndolas, sin miedo, con riesgo, con alegría, con entusiasmo y dándole a la opinión de los demás la justa importancia.”
(de “Sólo ante el peligro”, Félix Romeo)

domingo, 9 de octubre de 2011

Una semana que arrancó con propósitos lectores que he cumplido. Poco más. Fríos otoñales del viernes cierzero que me destemplaron un tanto. Fin de semana extraño, ajeno a las fiestas pilaristas, que no me interesan un pimiento. Lecturas de notas y artículos sobre Romeo. Su presencia (lo escrito por él y por otros) y su ausencia. A propósito de la conexión que hice entre él y Pessoa, hallé, casualmente, entre mis papeles, el recorte de su crítica a los “Diarios” de Pessoa: “... es un libro para fans de Fernando Pessoa. Por eso me ha gustado: soy un fan de Fernando Pessoa”. Vuelvo a plegar el recorte. Al final todo acaba siendo un recorte plegado.

Nuestra fugacidad y el absurdo se combaten (sólo un poco) con lo escrito (a menudo plegado). Esta semana terminé “Parte de una historia”, de Aldecoa, la representación de una fugacidad hecha de realidad y ficción, imaginación. La isla Graciosa, en las Canarias, el naufragio, la imprudencia y la desaparición por esa imprudencia, el viaje real y el trasladado a la ficción. Un libro maravilloso y estimulante y arranque, espero, para conocer mejor lo escrito por Aldecoa.

... no logro armonizar esta desmayada realidad con el emanante recuerdo, que, turbio y cálido, me anega.”
(de “Parte de una historia”, Ignacio Aldecoa)

lunes, 5 de septiembre de 2011

La fugacidad


La fugacidad del día luminoso con R. y M. El tamaño de un plató de televisión, muy distinto a lo que tu imaginabas viendo simplemente el programa. La fugacidad de la imagen del edificio apuntalado, cuando cruzo por el Portillo. La luz de la tarde de septiembre, del atardecer, sobre la fachada de Casa Emilio. El cansancio del callejeo. La incertidumbre continua por lo que seguirá. La ansiedad. Y todo que pasa. La alegría y la viveza, mezclada con los fantasmas, que siempre andan escondidos, asustando.

Leí los nombres de otros muchos barcos. Copié algunos de ellos en mi diario. Había otros que eran ilegibles. Muchas de las cruces estaban carcomidas y caídas... y faltaban otras. El aire se hallaba sobrecargado de tristeza, y para arrancar de mí aquella sensación deprimente, volví a bordo con ánimo de distraer el curso de mis ideas absorbiéndome en los pormenores de mi viaje.”
(de “A bordo del Spray”, Joshua Slocum)