Bitácora de Sergio Casado
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lunes, 13 de agosto de 2012


Lío fenomenal por el desorden que tengo, en el que no sé si ir para adelante o para atrás, si calmarme o seguir revolucionado. No sabe uno que rumbo tomar, que camino es el bueno, que consejo vale y cual no. Libros leídos aquí o allá, todos en desorden, en un sitio o en otro, papeleos variados, certificados, cartas, correspondencia desmadejada, tristezas y alegrías que difícilmente casan. Un demonio interno que me mata y no entiendo, que no me deja ver claro en una niebla espesa, que no me deja ver quien soy realmente.

“Aquel hombre era un demonio.”
(de “Martín Eden”, Jack London)

jueves, 5 de abril de 2012

Levantarse a cada momento del ring, ante el rival, ante el árbitro tramposo. Jack London, en otro de sus cuentos de boxeo. Por tres euros encontré una vieja edición argentina, “Cuentos del abismo”, una antología con cuatro cuentos, a cual mejor. Dos de ellos aparecieron recientemente en “Knock out”, pero ese libro valía una pasta. Afortunadamente los he encontrado de otro modo. Merece la pena profundizar a fondo con London, seguir explorándolo. Uno sólo puede maravillarse ante la sencillez y verdad de lo que escribe. A mí me vale mientras siga en el camarote y no se vea claro el rumbo.

“No era un combate. Era una carnicería, una matanza. Cualquier audiencia, salvo una de boxeo, habría agotado sus emociones en aquel minuto inicial. Danny estaba demostrando claramente lo que podía hacer: una espléndida exhibición. Tan grande era la certidumbre de la audiencia, así como su excitación y favoritismo, que nadie se dio cuenta que el mexicano todavía seguía en pie.”
(de “El mexicano”, Jack London)

miércoles, 21 de marzo de 2012

Lluvia y día oscuro, oportunidad para buscar y encontrar un rato no malgastado, no mal empleado, en un cuento de Jack London, precioso, admirable, que eclipsa otras lecturas del montón, que eclipsa estos días finales de invierno, de mediocres y mediocridades, de ratos de tedio y duda. Si leo algo y no funciona, si me distraigo, si no me interesa, si me parece que lo que leo trampea, busco los grandes nombres, y entre ellos London, y no es casual que aparezca esa luz intensa de la verdad, en la historia de un boxeador para el que no hay segunda oportunidad, con una juventud que no volverá. Tom King resistirá, peleará, se entregará hasta el final.

“Pocos años antes, en los días felices de su propia imbatibilidad, Tom King se habría divertido y aburrido con estos preliminares. Pero ahora permanecía sentado, fascinado, incapaz de apartar de sus ojos la visión de la juventud. Siempre surgían estos jóvenes en el boxeo, saltando a través de las cuerdas y gritando su desafío, y siempre se hundían las viejas glorias ante ellos. Trepaban hacia el éxito sobre los cuerpos de las viejas glorias. Y seguían llegando más y más jóvenes -juventud inextingible e irresistible-, y seguían expulsando a las viejas glorias e iniciando el mismo camino descendente, mientras que, tras ellos, empujándoles eternamente, estaba la eterna juventud, los nuevos recién nacidos, que crecían llenos de codicia y empujaban a sus mayores hacia las profundidades, empujados a su vez por otros recién nacidos hasta el fin de los tiempos, la juventud que impone su voluntad y nunca morirá.”
(de “Un pedazo de carne”, Jack London)

domingo, 11 de diciembre de 2011

Llega el invierno y se va uno aprovisionando de guantes, bufandas y gorros. Cae uno en la pinza de chocolate ocasional, en el turrón artesano de nueces, en un buen trozo de queso para recuperar energías a cualquier hora. Vaya hambre. El frío intenso siempre me recuerda pasajes de Jack London, de viajeros enterrados en la nieve, de perros hambrientos que tiran y tiran de trineos en lugares desolados. A veces surge la pequeña hoguera, la bebida caliente, la dureza de los hombres curtidos en esos viajes. Anoche, en vez de hacer caso de la matraca del fútbol, volví a echar mano de un pequeño libro de London, buscando uno de sus fragmentos llenos de verdad, donde late la mejor literatura, donde uno encuentra provisión para el viaje en la Alaska de lo cotidiano.

“... … Pero nada es más prodigioso, nada más pasmoso, que la demostración inerte del gran silencio blanco. Todo está inmóvil, el cielo se despeja y adquiere tonos cobrizos; el menor murmullo es experimentado como una profanación. El hombre, entonces, se vuelve temeroso y se espanta de su propia voz. Adquiere conciencia de ser el único destello de vida en medio de esta muerta inmensidad; su audacia lo confunde; advierte que no es más que una lombriz y que su existencia no tiene precio. Extraños pensamientos atraviesan el desierto de su espíritu; se siente anonadado por el misterio.”
(de “El silencio blanco”, Jack London)