Bitácora de Sergio Casado
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lunes, 3 de noviembre de 2014

El árbol


Es posible guardar un breve instante para resistirnos a la fugacidad. Recogemos una hoja de los árboles del otoño y la guardamos en un libro. Recogemos el libro en un armario y meses después nos lo encontramos. El libro, que encontré en ese rincón mágico de Zaragoza que es Libros del Rescate, es extremadamente placentero al tacto, en la cubierta de papel rojo con el título: "Jardín de la memoria". Al abrirlo los poemas nos invaden. Nos acercamos a uno, a otro, a uno enfrentado al otro en páginas consecutivas. El otoño amenaza y la intemperie puede ser total. Un país descompuesto, con la putrefacción de una sociedad enferma que ojalá despierte. Pero la buena compañía, el rincón acogedor, los afectos y los buenos libros nos ayudarán. José Antonio Labordeta es eterno, infinito en su Parque Grande, y dentro de ese parque, en su Jardín de la memoria.


"Permanece en silencio, solitario, 
en mitad de la plaza
como un pájaro olvidado
o quizás como una nube amaestrada
por vientos tramontanos.
No es ni sombra ni cobijo
de pájaros urbanos. No es, apenas,
el pudor de la tierra
izándose desde la tierra misma
hacia los cielos. Es, tan solo,
un árbol ciudadano
bajo de mi ventana, más próximo al cemento
que a las grandes praderas
donde están sus hermanos
asentados. Tiene la palidez
de un empleado de banco y la turbia
timidez de los abandonados. Tan sólo
cuando pierde las hojas
recuerdo que es un árbol y lo amo."
("El árbol", José Antonio Labordeta)

jueves, 18 de septiembre de 2014

Un libro

¿Y qué hacemos, cuatro años después, sin José Antonio Labordeta? Muy poco. La risa. Atrincherados mientras la desazón se apodera de nosotros, en el Aragón del olvido, de la ignorancia; Aragón aplastado, envilecido, entontecido, dormido. Queda leer a Labordeta; sus libros, todos los libros, son el fortín. Allí resistiremos.  Allí hay que esperar el despertar.

“Guarda las más bellas notas
del sublime concierto de la vida.
Lo abres,
lo cierras
y toda la plenitud
de un hombre solitario
te acompaña
bajo los árboles dorados
del otoño."
("Un libro", José Antonio Labordeta)

miércoles, 23 de julio de 2014

Los jardines de la guerra

En verano, en momentos puntuales, el Absurdo parece más Absurdo. También la muerte. Como la de Ana María Matute, o Ignacio García-Valiño, o Álex Angulo. Es un espanto que se aparece en la madrugada, o a mitad de la tarde, que nos aterroriza y para el que no encontramos respuesta. Es la muerte en forma de bombardeos, como sucede en Gaza. Es el avión en el que confiados viajeros cruzan el espacio aéreo de Ucrania sin saber que están a a punto de desaparecer. Cada día que vivimos es milagroso. Pero cada día, el Absurdo puede aparecer, escondido en un recoveco, en un rincón, en una bocacalle.

Afortunadamente, la magia, o lo milagroso, también aparecen aquí o allá, de repente. El Cabo de Buena Esperanza, en nuestra travesía, está en un paseo por el Parque Grande de José Antonio Labordeta, está en la constante búsqueda de libros luminosos. Para el lector, como en mi caso, con Stefan Zweig las posibilidades son mayores al sumergirse en su obra. Ante el absurdo de la guerra, de los bombardeos nazis, Zweig encuentra una respuesta en esos jardines. Junto con “Mendel, el de los libros”, “Los jardines de la guerra” es otro de los tesoros del escritor austríaco. Leerle es cultivar nuestra mente, para resistir los bombardeos del Absurdo.



“Y esta hora diaria o esta media hora entre flores, plantas y frutos, entre las cosas eternas de la naturaleza, este lapso de total disociación de los acontecimientos y los negocios, me parece que origina con su poder de alivio –su relaxing- aquella maravillosa calma del inglés, que no logramos comprender o, por lo menos, alcanzar. En un mundo modable y destructible, deben recordar todos los días que lo esencial del mundo en que vivimos, su belleza, su serenidad, no pueden ser rozadas por el desvío de las guerras y las locuras de la política; cuando comienzan el día o lo terminan, en este contacto han recibido fuerza y calma, que, sumadas en millones de seres, aparecen en toda la nación como carácter, como temperamento; … ...”

(de “Los jardines de la guerra”, Stefan Zweig)

*Fotografía: Parque Grande de José Antonio Labordeta, Zaragoza, Verano 2014.  (Elena Sánchez).
*Pinchando aquí, puede leerse "Los jardines de la guerra" completo.  

domingo, 27 de abril de 2014

Quietos los árboles

Caminar allí y acercarse a los árboles. Detenerse ante ellos. Caminar a lo que fue, a lo que es y todavía existe. Ahí cerca, unas pedaladas, o un paseo hasta el Parque Grande, orgulloso de su nombre, José Antonio Labordeta, permanente recuerdo de la promesa de tenerle presente, de leerle, de releerle. La búsqueda de sus poemas, de su narrativa, de sus artículos, de su discurso, de su fantasma, del Jardín de la Memoria, frente a la Paletonia, la ignorancia, lo vulgar, lo que nos ha deshumanizado y nos pudre por dentro. Para eso están los árboles, las flores que lo plagan en la primavera que libera de la intemperie. Esa primavera que ha de ser de lucha y resistencia. Observarlos. Los árboles. Quietos los árboles en el Parque Grande José Antonio Labordeta.

"Quietos los árboles del paisaje
las voces íntimas
se refugian en los lejanos hogares olvidados.
Todo está como estuvo siempre
menos tú y yo,
corazón, cansados ya de albergar utopías."
("Quietos los árboles", José Antonio Labordeta)

martes, 19 de noviembre de 2013

Muros y Martillos

En medio de cierzos fríos, en la singladura de Julio Alejandro, encuentro un muro, como aquel de Roger Waters, como los que nos atenazan a diario, como la valla de África y Europa, como el mar cercarno a Lampedusa, como los vacíos y hastíos y oscuridades del otoño, como esa pared firme de corrupciones, chapapotes olvidados, televisiones absurdas y podridas, faros apagados y abandonados. Y frente a ese muro encuentro también un martillo, el que Labordeta proponía para derribarlos, un poema que es en sí mismo un pequeño martillito para guardar en nuestros cuadernos, en nuestras notas, para leerlo, releerlo y nunca dejar de pensar en tumbar los muros, para no dar la espalda a los que quedan/quedamos encerrados en ellos.

"Abiertas las ventanas.
No hay paisaje.
Un repetido muro
de sombras implacables.
Asustado pregunto:
¿Estoy mirando adentro
de mí mismo?
  ("El muro", Julio Alejandro) 

"Un martillo.
Para batir el aire
a golpes.
Ocultar el silencio
con el sonido leve de su grito
y luego abrir,
en la pared, un hueco
para mirar el final
de la intemperie."  ("Un martillo", José Antonio Labordeta)

jueves, 24 de octubre de 2013

Bibliotecas

Día de las bibliotecas. Siempre me gustaron. De pequeño iba a la del barrio, luego a la Biblioteca de Aragón. También me gusta ir a la María Moliner. Me gustaría que hubiera más bibliotecas. Cuando no hay pasta para librerías, en las bibliotecas públicas encuentro, como la semana pasada, el cómic de “Blue is the warmest colour”, de Julie Maroh, antes de ver la película que la adapta, o “En el remolino”, de Labordeta (formidable), o un libro de Cendrars que no conocía editado por Rey Lear, o una colección poética de Julio Alejandro o Wislawa Szymborska. Ahí seguimos. Leer más. Leer más. Leer más. Me fijo en lo que decía Antonio Aramayona: “Un Gobierno debería sobre todo impulsar y promover las bibliotecas de todo tipo y condición, hacerlas fácilmente accesibles a todos, extenderlas por todos los barrios y pueblos de España, incentivar el gusto por la lectura, convertir también las bibliotecas en centros vivos de intercambio de ideas y contraste de opiniones”.


“Todo se andará día tras día. No te encojas ahora, que aún nos queda camino. Caminemos, despacio, pero sin parar un solo instante.”

(de “En el remolino”, José Antonio Labordeta) 

lunes, 17 de septiembre de 2012


Alguna voz habrá estos días que recuerde a Labordeta, voz de Aragón que una vez desaparecida, deja esta tierra tan huérfana de algo que no sea mostrenquez, que queda uno totalmente desanimado. Leo esta tarde la “Historia de Paletonia” de Labordeta, que en 1977 escribió unas crónicas sobre esta tierra desnaturalizada ya, sin rumbo, que no sabe lo que fue (si alguna vez fue algo), lo que es, ni lo que quiere ser. Un puro absurdo. Por aquí quedan los últimos resistentes, como Xoquín o Maestre Paz, entre otros. Pero sin El-Llaboreta, tras el que no-se-esconde Labordeta, Paletonia es cada vez mas Paletonia. Paletonia del Imperio Romano. Ahora Paletonia del Imperio Germánico de Merkel y las voces del Imperio del No-Se-Qué. Sólo queda seguir leyendo y recordando a Labordeta, para no acabar del todo pensando como todos.


“... Villa Paletón se hizo un monstruo, pues la ilusión era meter a todo el personal en ese corrico: cuanto más gente, más casas; cuantas más casas, más cemento; cuanto más cemento, más dividendos y cuantos más dividendos, más alegría en el templo Pardus Vincitorix, directamente unido a los templos romañones de los Alpes – actual Suiza.”
(de “Historia de Paletonia”, de Jose Antonio Labordeta).

miércoles, 7 de marzo de 2012

Días de Marzo, de algarazos e incertidumbre. En medio de todo, afortunadamente, vuelvo a Labordeta. Me prometí a mi mismo no olvidarle, recordarle, leerle y releerle continuamente, para no perder de vista el rumbo de su barco, para tener al menos la guía del fantasma que dejó en lo escrito. Y cayó en mis manos esa recopilación titulada “Tierra sin mar”, realizada por Félix Romeo y publicada por Xordica. Es un libro que tiene en todas sus páginas presente el desencanto de un Labordeta ya envejecido, que continuamente evoca sus paraísos perdidos, que se duele de las derrotas y la melancolía, en esa “cuesta abajo imperceptible”. Pero ante todo ello no se rinde nunca, con el coraje y la dignidad por banderas. Es un libro emocionante, poético, excepcional, con una prosa que fluye verdadera. Una joya.

“Los viejos depresivos siempre tenemos la esperanza de que la historia ponga de nuevo a los personajes en su sitio y podamos no dudar de que los sueños se cumplan, de que de verdad el sueño de una sociedad basada en la solidaridad , en la igualdad, en la defensa de la libertad, regrese”.
(de “Y los sueños ¿sueños son?” de José Antonio Labordeta)

martes, 4 de octubre de 2011



Arranca la semana en la que intento poner orden. No creo que lo logre en gran medida. De momento, rematando libros poco a poco. Todo poco a poco, que no puede ser de otra manera. Se sigue alargando el buen tiempo, y hoy terminé “Cuentos de San Cayetano”, de José Antonio Labordeta. Parece mentira que haya pasado un año sin su luz, la más brillante que teníamos en esta tierra aragonesa. Sin él, ¿quién es el relevo, el referente? ¿Hacia dónde vamos? ¿Dónde mirar? Mientras no haya luz, mientras sigamos en el apagón de su pérdida, nos queda ir recuperando sus libros, sus canciones y aprender de él. Recuerdo apuntar, a raíz de la lectura de “Regular, gracias a Dios”, que Labordeta decía haber pasado de la clandestinidad al desasosiego de sus últimos años. Me ha hecho sonreír varias veces leyendo esos “Cuentos de San Cayetano”, de adolescentes y onanismo, de la gris Zaragoza franquista, del velatorio de un obispo, de sábados de cine, de amistad. Quiero recordarme a mí mismo no olvidar a Labordeta. Tenerle presente a cada momento, su manera de vivir, su dignidad.


“Y con el denso olor del incienso y el embrujo de los sombríos rincones de la iglesia donde reposan las cenizas de Don Juan de Lanuza, los compañeros entran con cara de compungidos y, sentados bajo el púlpito, el director espiritual del Central, un viejo cura de ilustres inopias, les acusa con el dedo índice y les dice:
- ¡Arrepentíos, impuros, impúdicos, viciosos! Un día una mano peluda – y hace un gesto hosco alargando el brazo y girando la mano- os sacará las entrañas si antes no os han salido por las narices los sesos exprimidos de tanto vicio.”
(de “Cuentos de San Cayetano”, José Antonio Labordeta)