Bitácora de Sergio Casado

domingo, 10 de noviembre de 2013

Vagabundear

Vagabundear durante la semana entre libros, entre párrafos, entre poemas de Labordeta ante los naufragios de los barcos, con Andreyev y sus espectros, con Cendrars trotamundeando y Delibes en Castilla la Vieja. Gracias a las librerías de viejo y a las bibliotecas, de nuevo. ¿Qué hacer sin ellas? Nada. El ridículo. Menos mal que existen, y se va uno a la biblioteca del barrio y hojea poemas de Guinda o Sánchez-Ostiz, encuentra el guión no filmado por Erice, o los textos recopilados de Ángel Fernández-Santos, o a Orwell, sin blanca en París y Londres. Semanas así leyendo sin parar, como en los mejores viajes. Porque los libros son los mejores viajes. Libres y Libros.

"Por ejemplo, uno descubre el secreto que comporta la pobreza. De golpe uno se encuentra con que sus ingresos han quedado reducidos a seis francos diarios, pero naturalmente no se atreve a admitirlo y tiende a creer que sigue viviendo como hizo siempre. Ante todo se cae en una red de mentrias, pero ni con ellas se consigue anda. Dejas de mandar la ropa a la lavandería, te encuentras con la lavandera por la calle y te pregunta por qué; tú balbuceas algo, y la lavandera, convencida de que envías la ropa a otra parte, se convierte en enemiga tuya para el resto de tu vida. El estanquero te pregunta por qué has dejado de fumar. Hay cartas que quisieras contestar, pero no puedes porque los sellos son demasiado caros. Todos los días, a las horas de comer, uno sale de manera ostensible hacia el restaurante y se entretiene una hora en los jardines de Luxemburgo contemplando las palomas. Después llevas la comida a casa en los bolsillos. La comida se compone de pan y margarina, o pan y vino, y hasta su índole está condicionada por la mentira. Tienes que comprar pan de centeno en lugar de pan casero, porque los panecillos de centeno, aunque más caros, son redondos y caben más fácilmente en los bolsillos. ..."

(de "Sin blanca en París y Londres", George Orwell)

viernes, 1 de noviembre de 2013

Los maestros de David Trueba

“ Porque sólo la creación apasionada triunfa del olvido”
(Antonio Machado, “ Juan de Mairena”)



“Madrid, 1987”, de David Trueba, pudo verse en Zaragoza gracias a la colaboración del Paraninfo de la Universidad en el verano de 2012. Nadie la había estrenado. Estábamos y seguimos estando metidos en una borrasca de cines cerrados, bibliotecas sin presupuesto para libros y profesores recortados. Los profesores siguen siendo nuestra esperanza y nuestra lucha en 2013 y ahora llega a las salas la que en principio pudo titularse “Almería, 1966” y finalmente ha resultado ser “Vivir es fácil con los ojos cerrados”, segunda película de una serie que Trueba define como trilogía de “personajes insignificantes en fechas no relevantes, para evidenciar mi idea de que las sociedades las cambian la gente común y no los nombres que pueblan los libros de historia”.

Un profesor de inglés encarnado por Javier Cámara emprende un viaje en su SEAT 850, en el año 1966, hacia Almería, con el deseo de conocer a John Lennon (que se encuentra allí rodando una película con Richard Lester), con cuyas canciones enseña inglés a sus alumnos. Fueron usados dos coches durante el rodaje y el de la ficción fue bautizado como "Alfredo", homenajeando al actor desaparecido: “Le puse de nombre Alfredo porque su cara me recordaba mucho a la de Landa, que murió justo al comenzar el rodaje; funcionaron de maravilla, aguantaron todo el rodaje, eran rocas y estábamos todos enamorados del coche. Fue mi idea de coche desde el principio porque lo tenía asociado a uno que tuvo uno de mis hermanos, que era idéntico, de idéntico color y que un día nos quitó definitivamente la policía en el semáforo de Cibeles, porque ya no conseguíamos pasar la ITV con él”.

“Artículos de ocasión”, libro recopilatorio editado en Zaragoza por Xordica en 1998, tenía un prólogo del profesor Tomás Fidalgo que planteaba dudas sobre el futuro del entonces (y ahora) articulista, guionista, novelista y cineasta. Fidalgo era un tanto duro y su prólogo un puro delirio. Aquel libro del joven Trueba ya tenía buenos artículos como “Plácido U.S.A” o “Las cenizas de Julio Alejandro”, que apuntaban lo importante que son los compañeros de oficio, los amigos, que son maestros y convierten a un joven cineasta en lo que ha llegado a ser. Los maestros de Trueba han sido actores: “Desde mi primer guión, donde hasta tenía una escena como actor junto a Cassen, siempre he sentido veneración por ciertos actores; si algo me gusta de Cámara es que no desentonaría en una película junto a Pepe Isbert y Manolo Aleixandre”.

Se me ocurre la idea de una carrera, de un rumbo bien trenzado, desde que Trueba encadena “La silla de Fernando” (codirigida con Luis Alegre, película conversación con Fernando Fernán Gómez), la serie de televisión “¿Qué fue de Jorge Sanz ?” (quizá su mejor trabajo) y “Madrid, 1987” con Pepe Sacristán y María Valverde. Son películas realizadas con precariedad de medios, aunque con entusiasmo a raudales. Pero Trueba, a quien leo y sigo, cineasta de esos en los que busco algún tipo de humor e iluminación, me lo desmiente: “La idea de carrera es siempre un error que te lleva a autocitarte; cada paso responde más a mi propio apetito que a una idea de rumbo, que no me interesa en absoluto”.


Si ese rumbo no existe, existen esas películas, afortunadamente. Existieron Rafael Azcona, y Julio Alejandro, por ejemplo, y ellos son ahora parte de David Trueba, que así se ha convertido en una especie de árbol único y extraño; se ha convertido en un cineasta que es de Madrid, pero también de Zaragoza o de Logroño. Todos ellos están en ese viaje en SEAT 850 hacia Almería. Porque sin un Juan de Mairena, sin maestros, el arbolito difícilmente puede crecer por sí solo y convertirse en un gran roble. Un profesor nunca puede rendirse. Les necesitamos desesperadamente. El profesor que interpreta Javier Cámara, para Trueba, está inspirado en un profesor real, que existió, que sigue existiendo hoy en día, el que representa la dignidad moral, el que todos queremos encontrarnos en nuestro camino, en esta borrasca en la que vivimos. Porque somos niños que necesitamos al maestro. Y así nos quedamos, con unos versos de Julio Alejandro: “una mano de niño, se adentra, sin acucia, en la borrasca”.  

*"Los maestros de David Trueba": texto publicado en Heraldo de Aragón, Artes & Letras, página 8, 31 de Octubre de 2013

jueves, 24 de octubre de 2013

Bibliotecas

Día de las bibliotecas. Siempre me gustaron. De pequeño iba a la del barrio, luego a la Biblioteca de Aragón. También me gusta ir a la María Moliner. Me gustaría que hubiera más bibliotecas. Cuando no hay pasta para librerías, en las bibliotecas públicas encuentro, como la semana pasada, el cómic de “Blue is the warmest colour”, de Julie Maroh, antes de ver la película que la adapta, o “En el remolino”, de Labordeta (formidable), o un libro de Cendrars que no conocía editado por Rey Lear, o una colección poética de Julio Alejandro o Wislawa Szymborska. Ahí seguimos. Leer más. Leer más. Leer más. Me fijo en lo que decía Antonio Aramayona: “Un Gobierno debería sobre todo impulsar y promover las bibliotecas de todo tipo y condición, hacerlas fácilmente accesibles a todos, extenderlas por todos los barrios y pueblos de España, incentivar el gusto por la lectura, convertir también las bibliotecas en centros vivos de intercambio de ideas y contraste de opiniones”.


“Todo se andará día tras día. No te encojas ahora, que aún nos queda camino. Caminemos, despacio, pero sin parar un solo instante.”

(de “En el remolino”, José Antonio Labordeta) 

miércoles, 16 de octubre de 2013

Baroja y Verlaine, vagabundos en el Jardín de Luxemburgo

Anoté el otro día: Me gusta curiosear en librerías y bibliotecas públicas. Hay siempre estanterías que raramente son visitadas, libros que pueden estar inamovibles en el lugar que se les ha asignado, durante meses y años. Y el lector, muchas veces, pasará por sus páginas distraído. Lo leído irá casi siempre al olvido, a un pozo sin fondo. Muchos libros pueden estar escondidos y muchos párrafos de especial brillo quedan enterrados, como caminos por los que raramente pasa algún viajero. Igual pasa con los poemas, anhelos, los sueños del que escribe. Y si no los escribe será como si nunca hubieran existido.
En esa extraña búsqueda de hace unos días, respecto a la obsesión del vagabundo Baroja con el vagabundo Verlaine, encontré en una de las novelas más olvidadas de Don Pío, un texto que tenía que rescatar, para este rincón, para juntarlo con unos versos del poeta, para juntarlos en el Jardín de Luxemburgo:

“Por entonces, quedaba todavía en París muy vivo el recuerdo de Verlaine. Luis le había leído hacía poco, y estaba en la fiebre primaria del entusiasmo por sus versos. En algunas calles inmediatas al jardín de Luxemburgo, sobre todo en la de Monsieur Le Prince, entonces llena de cafetuchos y de cabarets, se veían en los escaparates cartas lamentables del poeta, en las que pedía dinero a sus conocidos, cartas que se vendían a tres y cuatro francos a los coleccionistas.
A algunos tipos de hombres ya de edad y a las viejas cocotas que veía en el café d´Harcourt o en la taberna del Panteón, Luis, llevado de su curiosidad por aquel poeta que con sus versos tanto le había deleitado, solía preguntarles: “ Y ustedes no conocían a Paul Verlaine?”.
Ellos y ellas le tenían por un mendigo, que andaba a veces por el jardín de Luxemburgo, siempre con gente desarrapada.
“¡Un mendigo! Pero ¡si era un gran poeta!” decía él, con asombro”.
(de “El cantor vagabundo”, Pío Baroja)

“Id, pues, vagabundos sin tregua,
Errad, funestos y malditos,
A lo largo de los abismos y de las playas
Bajo el ojo cerrado de los paraísos”.
(de “Grotescos”, Paul Verlaine)


*Imagen de "Un caminante o vagabundo", 1907, Ricardo Baroja. 



domingo, 13 de octubre de 2013

Los muchos Romeos

Ya no puedo ver a Romeo subir por las escaleras de Renoir porque Romeo ya no existe y Renoir tampoco. Ahora estoy en el exilio de mi cine, de mis compañeros, de los clientes, de las películas, de mi silla en la que leía. Queda lo escrito, y por eso resulta formidable lo que Grasa y Puyó han conseguido, al crear, literalmente, una novela, o un diario de lo que fue Félix Romeo. Pasé ayer toda la tarde leyendo “Por qué escribo”, introducida por los dos editores, que con su prólogo te introducen en un libro para leer y releer, para subrayar, el libro en el que Romeo está más presente, de todos los suyos, pues contiene continuos destellos de los muchos Romeos. Está el Romeo de Zaragoza, puesto que el libro es también un libro sobre la ciudad, sobre lo que fue, lo que es, lo que pudo y lo que puede ser; está el Romeo de París o Madrid, de Aberdeen, de la trastienda de Antígona. Y hay otros muchos Romeos en el libro; es un libro para los que aman los libros y las librerías, para los que desearían que su ciudad sea mejor de lo que es, y especialmente para los que se ponen mano a la obra cada día intentándolo.

Me encontré textos que recordaba vagamente haber leído, quizá, muchas veces, junto a un café, cuando aparecieron. Grasa y Puyó logran el milagro de que lo que pocos o muchos habían leído, seguramente olvidado, quede ahora fijado en ese libro, que estará en librerías zaragozanas como Antígona, Cálamo o Los Portadores de Sueños, que estará en la biblioteca de Aragón (si mantienen fondos para comprar libros), que estará en mi casa o en otras casas, que permite crear una cronología de vida, un dietario de vida, reflexionar sobre una manera de vivir, uno mismo, y dentro de la ciudad que a uno le acoge. Más allá de eso, puede abrirse por cualquier página, leerse un párrafo, subrayar aquí o allá. Leyéndolo uno puede entristecerse por lo desaparecido, por los lugares y las personas como Labordeta o Algora o el propio Romeo, o disfrutar lo que todavía existe, de los libros, de Orwell o Satrapi, de Pessoa o el propio Romeo, de los restaurantes o cafés, de la Gran Vía madrileña, del Bacharach o el Dumbo de Zaragoza, del pequeño infinito que aparece recogido en “Por qué escribo”.


“La literatura es una locura, quiero decir que es una forma de estar en el mundo diferente, y lo diferente está cerca de la literatura”.
(de “Se quiere otra vida” - “Por qué escribo”, Félix Romeo)












sábado, 12 de octubre de 2013

Frío del otoño

Días de fiestas y momentos fugaces. Joaquín Carbonell y Eduardo Paz en la plaza del Justicia, la otra noche, y el frío que aparece de repente. El paseo junto al río, la noria pilaresca, la tarde que rápidamente se va y se convierte en noche, el concierto de Sinéad O´Connor que ya fue. Mi viejo amigo Jorge, su caída de la bicicleta y el momento en el que me lo cuenta. Una mala película. Ese rato con los amigos y compañeros, refugio, refugios, y mis búsquedas de versos o poemas, para esta bitácora, para que me acompañen. Y mientras el frío del otoño que va en aumento.


“... Domina el frío, denso, que hastía,
Colándose como un remordimiento,
Y que incluso llega donde los muertos, ...”
(de “Sub urbe”, Paul Verlaine)



viernes, 27 de septiembre de 2013

Canción del otoño


Me encontré con unos textos de Baroja a propósito de un viaje que hizo a París en 1899, cuando contaba 27 años de edad y ya había perdido a un hermano, la ilusión por su oficio de médico, y había decidido lanzarse de cabeza a la literatura. Ya era un admirador de Paul Verlaine, y a propósito de esto apunté sus palabras: “Recordé aquella poesía de Verlaine: la canción del otoño, tan triste, tan sentida. Quizá se inspirara en este jardín del Luxemburgo en donde el poeta paseaba, arrastrando sus piernas, fumando su pipa mal oliente, haraposo, sucio, repulsivo, con los estigmas de los vicios fijados en su rostro, montón de barro inmundo, en donde por casualidad, había caído una delicada perla”.
De ahí di el salto a un Baroja hastiado, exiliado en París, cuarenta años después. En 1939, un instante después, Baroja volvió a pasear por esos jardines, y de nuevo evocó al poeta admirado, en su poema “Jardín del Luxemburgo”: “Brumas, tristezas, dolores / del otoño parisién / sus mágicos esplendores / en los versos de Verlaine”.
Busqué esos versos y encontré varias traducciones del poema.    Lo dejé así: 

“Los sollozos
De violines
Del otoño
Hieren mi corazón
De abatimiento
Monótono.

Apagado y
Tembloroso, cuando
huyen las horas,
Recuerdo
Los días que se han ido,
Y lloro.

Y me voy
Con la borrasca
Que me empuja
Aquí y Allá,
Como si yo fuera
Hojarasca”.

(“Canción de otoño”, Paul Verlaine)

*Retrato de Verlaine por Edmond Amat-Jean.
*Retrato de Baroja por Ricardo Baroja.